La terapia musical

Algo hay en la música. Algo tiene que emociona sin que se lo pidamos. Algo tiene que engancha y conecta. Que atrapa. Algo que en cualquiera de sus formas, despierta, detiene el letargo infinito, llano, liso y tibio. Algo que cambia el tempo que llevamos, que nos lleva a otros derroteros y esquinas que se esconden dentro. Algo que nos puede hacer sentir emociones, y curar los ánimos.

Algo hay en el hecho de que desde donde el humano conoce sobre el humano, la música estuvo con el humano. En otros términos, desde donde se conoce, en la prehistoria, el hombre siempre se acompañó de música, y también desde donde se conoce, ya la música se utilizaba con diversos fines curativos. No es nada nuevo.

Fueron los egipcios los primeros en hacer alusión a las cualidades curativas de la música en su papiros; tampoco los griegos lo pasaron por alto, cuando Aristóteles elaboró su teoría del Ethos (sobre los efectos de la melodía, armonía y ritmo sobre el ánimo) y Pitágoras relacionó música con matemáticas, uniendo la armonía en el universo y en el alma humana, y asegurando que la enfermedad mental era resultado de un desorden armónico en el alma… No andaba nada lejos. Ni era tampoco una locura, ni mucho menos una metáfora barata aquella relación suya.

 

Teorías y teóricos hay para dar y regalar.

Y como los remedios caseros, que la música cura, que ayuda y que toca, es cosa sabida e incuestionable, y es mejor solución que muchas otras invenciones.

Eso reza el documental Alive Inside, que se estrenó en el Sundance Festival del año pasado llevándose el premio del público al mejor documental. El metraje está firmado por Michael Rossatto – Bennett, quien siguió durante tres años a Dan Cohen, trabajador social que detectó lucideces en la memoria de los enfermos al estimularlos con su música favorita.

 

Centrado en la situación de los EEUU, con 5 millones de estadounidenses con demencia, otros 10 cuidando de ellos y 1 millón en asilos, Alive Inside, plantea otra manera de avanzar contra el Alzheimer, y no es con medicinas, sino con música.

"Aquí no es donde vivo". Eso dicen prácticamente todos los enfermos que viven en asilos. No sólo es perder de un día a otro su casa, sus cosas, sus tesoritos, la zona de confort a la que cada uno se aferró, quizás también seres queridos... De un día para otro es no tener nada de eso, y por su propio peso cae también la dignidad, en la necesidad de que siempre haya alguien a su lado recordándole cómo hacer cosas sencillas que la memoria poco a poco engulle. Años y años sobre la tierra, para acabar perdiendo la llave que accede al recuerdo.

La idea de Dan Cohen se resume en su organización Music & Memory, que consiste en donar iPods a los asilos, no sólo porque estimule su memoria, también porque mejora el estado de ánimo. Y en el documental se observa una extraña lucha de rentabilidades en los asilos, porque al fin y al cabo, las medicinas son rentables, aunque en numerosas ocasiones ni siquiera sean verdadera cura, por lo tanto recurrir a cosas como  ¡¿música?! no convendría. Pero en el propio documental se observa un pequeño cambio, la concienciación, y ¿por qué? Porque Dan Cohen no vendía ninguna mentira.


 

"Henry, ¿qué te hace sentir la música?" Y el hombre parece despertar de un sueño muy profundo, y como si fuera un ángel exclama "Me da la sensación del amor, ¡romance! El mundo necesita entrar en la música, cantar."

Científicamente, se conoce desde 2009 que la música estimula una zona del cerebro que es de las últimas en ser dañadas por enfermedades como el Alzheimer, que el ritmo influye sobre la motricidad, la armonía con aspectos cognitivos y la melodía con las emociones. Y tal y como observamos en el metraje, mediante la música muchos enfermos logran conectar con su propio yo, sacar recuerdos que estaban sepultados, incluso hace que se sientan seguros, logrando así que lleven a cabo acciones que por inseguridad dejaban de hacer, o creían olvidar; también relaja la agresividad.

Como en el propio documental decían, no hay ninguna medicina que toque el alma (o lo que sea que hay dentro y nos agita como cacerolas en ebullición), no hay nada que mezcle tanta emoción como comunicación, nada con ese pleno acceso a los recovecos que hay dentro, nada que pueda hacer que saltemos de alegría o lloremos como cataratas sin explicación racional.

 

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