El pasado septiembre se cumplieron veinte años de la prematura muerte del irrepetible Franco Moschino, creador y diseñador de la firma italiana del mismo nombre. Curiosamente, este aniversario coincide con el renacer de la marca gracias a Jeremy Scott, su nuevo director creativo, y al éxito comercial de pequeños accesorios como fundas de móvil y cinturones vintage. Pero, ¿en qué se diferencia la firma surgida a principios de los 80 con la del nuevo milenio? Descubrámoslo:

Franco Moschino nació en 1950 en Lombardía, Italia. Siendo muy joven, Franco llamó la atención de Gianni Versace, quien le contrató como ilustrador. En 1983 creó su propia marca, Moschino Couture, y a finales de los 80 nacería su segunda línea, Moschino Cheap & Chic.

 

Durante su carrera, Franco Moschino unió la profesión de modisto y publicista: 'No soy un diseñador de moda. No vendo ropa, vendo ideas'.

 

Moschino era un rebelde, un diseñador valiente e individualista al que le gustaba cuestionar las normas del a veces hipócrita y contradictorio mundo de la moda, lleno de creatividad, libertad e ideas innovadoras, por un lado; pero manipulador, impositivo y dominado por el consumismo, por otro. “¡El buen gusto no existe!”, es uno de los eslóganes más famosos de la firma. Para Moschino, lo que llamamos buen gusto no es más que un concepto tramposo bajo el cual se esconden ideas que buscan uniformizar a la gente con una serie de prendas “aceptables” y convertir en absolutas unas nociones –las de belleza– que son relativas y que varían según la época, la cultura y el criterio personal.

 

Anuncio de principios de los 80. ¡Atención al chubasquero transparente!

 

 

Vestido con trampantojo de cuellos (arriba) y traje con cubiertos a modo de botones, en el que se adivina la influencia de la diseñadora surrealista de los años 30 Elsa Schiaparelli.

 

Mientras Karl Lagerfeld se afanaba por mantener una imagen de marca impecable para Chanel y asociar su nombre a una idea inmortal de lujo y elegancia, Franco Moschino se burlaba de la firma francesa y copiaba con descaro muchos de sus diseños icónicos –la chaqueta de tweed, el bolso acolchado– añadiéndoles elementos surrealistas y humorísticos que nos recordaban que la moda solo es moda y que nunca hay que tomársela demasiado en serio. “Desde los años cincuenta, la moda se ha considerado algo que hay que seguir sin decir nada, pero la moda es sólo teoría y concepto, y confío en que solo es un pequeño elemento en la vida de las personas”.

 

A pesar de que sus campañas publicitarias parecían intentar disuadir a la gente de comprar ropa, Moschino se convirtió en un emporio millonario que vendía ropa, complementos y perfumes en tres líneas distintas.

 

Una de las provocadoras campañas clásicas de la firma. Moschino rechazó una vida frívola y destinó dinero a numerosas causas sociales, desde programas de ayuda a la drogadicción hasta niños enfermos de SIDA.

 

Olivia, personaje de dibujos animados e inolvidable mascota de la firma.

 

Uno de los pases del desfile que celebraba los veinte años de la desaparición de Franco Moschino, en el que aparecían recreaciones de sus diseños más famosos.

 

Con la mini moda de los cinturones de cuero que lucían el logotipo de la firma en dorado sin ningún complejo, Moschino fue una de las primeras casas de moda en rescatar la logomanía de principios de los 2000. Ahora, en la era de internet y de las imágenes que se comparten a toda velocidad, Moschino se beneficia más que nunca del hecho de que ninguno de sus productos deja lugar a dudas sobre su procedencia: “Moschino” en bolsos, “Moschino” en brazaletes, “Moschino” en bailarinas y gorras, "Moschino, Moschino, Moschino"…  Si presumir de marca es hortera, Moschino lo convierte en su leitmotiv irónico y en parte esencial de su identidad.

 

 

 

Desde 2013, Jeremy Scott, un diseñador amante de lo kitsch (su indescriptible colección para Adidas todavía sigue presente en la memoria de muchos de nosotros), es el encargado de hacer que la firma italiana siga siendo relevante en la era de Instagram. Y parece que lo consigue: si en otra época, Moschino tomó a Olivia (la novia de Popeye) como mascota, en la firma homónima de Scott era habitual ver a Bob Esponja y Bart Simpson decorando vestidos y bolsos. La falta total de sentido del ridículo de Scott y su habilidad para transformar en moda aquello que poco o nada puede tener que ver con la moda encajan a la perfección con el sentido del humor de Moschino y con la continua pregunta retórica de la firma de qué es en realidad la moda.

 

Veinte años después, Chanel sigue sufriendo las burlas (y el semi plagio) de Moschino: esta vez con un híbrido entre la firma francesa y McDonalds. ¿Insinúa Scott que la sociedad de consumo y la continua necesidad de nuevos estímulos de la generación de internet ha convertido a la moda en comida rápida?

 

La muñeca Barbie y su hortera mundo rosa fueron los protagonistas del desfile para la primavera de 2015. Con Jeremy Scott, no cabe duda de que el espíritu humorístico e irónico de la mítica marca sigue intacto, pero, ¿dónde están las campañas publicitarias valientes y comprometidas y los mensajes provocadores que convirtieron a Moschino en el 'Pepito Grillo' de la moda de los 80 y 90?

 

 

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"La moda no es algo que sólo exista en los vestidos. La moda está en el cielo, en la calle, tiene que ver con las ideas, con la forma en la que vivimos, con lo que está pasando."
Coco Chanel

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