La causa principal por la que he querido escribir este artículo es para destacar la fabulosa salud de la que goza el género documental en general, y el documental  español en particular. La producción y la calidad son impresionantes, pero he tenido que escoger tres películas como muestra, por una cuestión de espacio. Dejo fuera documentales tan estupendos como Ciutat morta, ganadora del festival de Málaga y que podéis ver aquí completo, y además sin cometer ningún tipo de delito ya que la película está bajo licencia creative commons.
 

 

Paradiso, de Omar Razzek, ganadora del premio a la distribución en el Festival Rizoma.

 

 

o Gabor, de Sebastián Alfie.

 

 

Esto es sólo un botón de muestra, para que se hagan una idea. Y ahora nos metemos en faena. La primera película a la que me quiero referir es Costa Da Morte, de Lois Patiño. Esta película es una joya. Desde luego no es una película para gente con prisas, es una obra para contemplar, para dejarse llevar por los paisajes, fotografiados magistralmente, por las conversaciones y por la estupenda música de Ann Deveria, un grupo que recomiendo con toda mi alma, del pequeño pero magnífico sello Envelope collective.

Costa da morte, muy al contrario de lo que reza su título muestra una región llena de vida, la vida de sus habitantes. Seres que aparecen pequeñísimos en el enorme territorio que habitan. A mi me recuerdan a pequeñas hormigas correteando de aquí para allá,  y me gusta que sea así, me parece que redimensiona al ser humano, que lo coloca en un lugar más próximo al que verdaderamente le corresponde. Al fin y al cabo los seres humanos, respecto al universo, respecto a las galaxias y los planetas, no somos mucho más que pequeñas hormigas que van de aquí para allá; y en ese  trajín que se traen los humanos que habitan en la Costa Da Morte vemos cómo talan árboles,  cómo buscan almejas en las orillas de las rías, cómo cosen las redes para pescar mientras charlan, o pescan con  cañas. Vemos fiestas de pueblos, fuegos artificiales, cementerios, incendios, picnics, explosiones en canteras para sacar la piedra.  En realidad estamos asistiendo al espectáculo de la vida, a cómo su existencia va transformando el paisaje que habita, de la misma manera que lo lleva transformando desde el inicio de los tiempos. Y es que el paisaje, en sí mismo, es algo dinámico, como lo es la realidad, un eterno fluir.

 

Esta es una película donde no hay protagonistas, donde los protagonistas son el paisaje y el tiempo. Y en ese transcurrir, entre actividad y actividad de sus habitantes, nos van llegando pequeños fragmentos de conversaciones que, sobretodo, se refieren al pasado. Historias sobre naufragios, sobre piratas, sobre  refugiados de la Guerra Civil, sobre el Prestige o sobre un mítico incendio en un bosque de robles cuya duración, según los mas viejos, fue de siete años, aunque los modernos geólogos no comparten esa historia. Y es que el pasado y el presente se entremezclan en esta cinta: La maquinaria industrial, las grúas, los molinos de viento, dialogan en el montaje con las campanas de las iglesias, con las formaciones geológicas de millones de años de antigüedad, con el eterno vaivén  del  mar golpeando incansablemente las costas.

La verdad es que Costa da Morte es un documental muy hermoso, más cercano a la poesía que a la prosa. Un película que ha tenido un fabuloso recorrido internacional, siendo seleccionada por algunos de los mejores festivales de mundo, y culminando con el premio del Festival de Locarno a mejor director para Lois Patiño.

La segunda película a la que me quiero referir tiene una relación muy intima con la anterior. Edificio España, del canario Victor Moreno. Esta película, que se mueve por los mismos derroteros que la anterior, es una película para contemplar, una película hecha con mucho mimo, por un equipo mínimo, con muchísimas horas de rodaje y un montaje titánico. Edificio de España habla del mítico edificio de la Plaza de España, de Madrid. Un edificio construido durante el régimen franquista como símbolo de poder  y prosperidad, nos informa un texto nada más comenzar la película. Un edificio de  28 plantas, 400 oficinas, restaurantes, y un lujosos hotel. Pero de todo aquello prácticamente no queda nada.

Victor Moreno, con su cámara, nos irá enseñando esas viviendas vacías, algunas de ellas todavía con muebles, fotografías y hasta ropa, como si hubieran sido abandonadas a toda prisa. Las oficinas,  muchas de ellas con sus sillas, sus mesas, sus anticuados ordenadores y sus ficheros llenos de papeles y de polvo.  Y tras mostrarnos las ruinas de aquel mundo, entran en escena los obreros, que poco a poco, cientos de ellos, de todas las nacionalidades imaginables, con sus mazos, con sus propias manos, contratados para una supuesta reforma, van destruyendo a su paso cualquier vestigio de aquel pasado. Por el día los obreros trabajan, se reúnen a comer sus bocadillos y sus tuppers, preparados con mimo por abuelas o esposas. duermen la siesta, bromean entre ellos. Mientras, los arquitectos muestran a los inversores cómo será el nuevo edificio.

Por las noches los vigilantes, entre ronda y ronda, nos cuentan historias. Nos habla un vigilante armenio llamado Franco de su pasado. Nos habla Herminio, erudito vigilante que nos explica cómo el dios Mercurio aparece  en el mural del hall, como representación alegórica del capitalismo, o nos cuenta sobre la existencia de una leyenda sobre un fantasma que habita la planta 14, pero que él nunca ha visto.

 

En esta película, como en la anterior, tampoco hay protagonistas y de nuevo es el espacio por un lado, el edificio en el que transcurre gran parte de las vidas todos esos trabajadores y por otro la propia colectividad, con la suma de sus testimonios, se erige en protagonista que dialoga con el espacio y con el tiempo.

La tercera película que me gustaría destacar es Sobre la marxa, de Jordi Morató, mención especial del jurado en el festival de cine de Málaga y el premio del público en el festival internacional de autor de Barcelona. Esta película es de esas que te va cautivando  a medida que avanza el metraje y que, cuando ya vas por la mitad, sabes que es una obra maestra y sientes una enorme alegría porque eres consciente de que todavía te queda un buen  pedazo de tiempo para disfrutarla. 

Esta película, subtitulada: El inventor de la selva, parte de unas cintas grabadas en VHS por un chaval amigo del protagonista, durante seis veranos, que nos habla de un personaje llamado Garrell. Uno de esos seres extraordinarios que se salen de cualquier posible encasillamiento debido a su autenticidad. Un hombre que, como dice el narrador, cuando creció decidió que no por ello dejaría de jugar. Y esto es precisamente lo que hace grande a Garrel, que pasará toda su vida tratando de hacer lo que le da la gana y enfrentándose por ello a la sociedad. Y es que Garrell ama la naturaleza, vivir en ella, y hacer el “salvaje”, algo que aprendió desde muy pequeño y que le llevará a volver a los lugares de su infancia, a construir allí una pequeña presa en un riachuelo para bañarse en él, a construir pequeños refugios para animales, a introducir animales, desde cabras hasta caballos, con los que jugar. Y poco a poco ese mundo va creciendo, y se le va yendo de las manos. Las construcciones son cada vez mayores, adquiriendo proporciones monumentales.

 

Inevitablemente comienza a llamar la atención, empiezan a llegar los visitantes curiosos, que admiran su trabajo; también los gamberros que amenazan su mundo una y otra vez. Pero Garrel es un hombre que no se rinde, que va improvisando sobre la marcha, que acepta tanto su impulso de crear como su necesidad de destruir. Y es que Sobre la marcha, entre otras muchas cosas, habla del eterno proceso de la creación y la destrucción.  Garrel construye edificios de madera, hace esculturas y hasta graba películas en las que hace de Tarzán. Es un hombre incansable, reconocido por historiadores norteamericanos como uno de los mas importantes exponentes del Art Brut

Pero a Garrel todo eso le importa un carajo, al fin y al cabo todo el arte y  la historia no son más que construcciones culturales del "civilizado hombre blanco". A Garrel lo que le interesa es jugar, es hacer el salvaje, ser libre. Y dedicará toda su vida a ello, con todas las satisfacciones y sinsabores que esa actitud ante la vida impliquen, con un estoicismo y una voluntad admirables.

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