Era 2011 y yo tenía 16 añitos. Aparte del pavo descomunal y la adolescencia sensiblera que me tocó vivir, tenía unas horrorosas ganas de empezar a ganarme la vida por lo único que en aquel entonces me llenaba por completo: la música.

Lo de los escenarios llamaba la atención, cómo no, pero también producía náuseas y todo tipo de psicosomatismos del nervio.  Así que, a modo de terapia de choque, un día me enfilé hacia una calle ligeramente apartada, porque necesitaba una prueba de fuego para ver cuán resistente tenía la voluntad. Y prueba de fuego, prueba de fuego… a los minutos de empezar a balbucear una canción vi cómo salía una sarta de guitarristas de un edificio cercano, y chiquitita yo, escondí toda prueba de mis estragos, y guitarra enfundada, escapé.

 

Freddy

 

A día de hoy, aunque se han sumado motivos y motivos, reconozco que no he vuelto a intentarlo, pero la espinita sigue aquí, bien clavada, y es que nadie podrá negar que en cualquier escenario del mundo, al final de una canción le sigue un aplauso, y en la calle no. La calle, escenario honesto, escenario hostil, tiene una magia especial. ¿Cuántos cientos o miles de personas podrán pasar por una calle en sólo una hora?  ¿De dónde vienen, a dónde van? ¿Qué pensará cada uno de ellos sobre la persona que está poniendo música a sus calles? Quizás se planteen si les gusta o no lo que escuchan, quizá lo agradezcan, quizá les parezca inapropiado, quizá los miren de tú a tú o quizá con desdén; pero, ¿y su historia?  ¿se habrán planteado su historia?

En absolutamente cada ciudad del mundo hay una pequeña parte de la población que se alimenta a diario del dinero que recolecta de la música en las calles, algunos se mantienen a sí mismos y mantienen a sus familias, a algunos les da para vivir, a otros puede que no tanto. La capital de Gran Canaria no es menos, y por pequeña que sea, y con la diferencia de esos matices que la hacen única, en realidad sólo es un reflejo de otras muchas ciudades: en todas ellas hay calles buenas, calles malas; temporadas buenas, temporadas malas; hay polis buenos, polis malos; compañeros de oficio buenos y compañeros de oficio no tan buenos.

Pero las calles, que quitan las distinciones a los que tocan en ellas; puede que escondan a más de algún Benjamin Clementine que bien podría pasar de los andenes de un metro a grandes escenarios. Y al igual que cualquier otro músico o cualquier otro artista, los de la calle, que no son menos, también tienen contexto y recorrido, y ¿Por qué no dedicarles unos párrafos? Como Freddy dijo, probablemente ninguno cuente que era freganchín en un bar de mala muerte, quién sabe… El caso es que todos tienen una historia.

 

Charlie


Con la primera persona con la que me senté a hablar fue con Charlie. Charlie, canario de La Feria, con su sonrisa de oreja a oreja me aceptó robarle quince minutos de su tiempo de trabajo para indagar en su vida, y con esa misma sonrisa me contó que él también empezó por esconderse detrás de la guitarra: Primero en el escenario, luego en la calle.

Pero no duró mucho... Por su manera de contarlo, el retorno parecía infinito, así que empezó a dejar de lado sus otros oficios como la artesanía, para dedicarse a la guitarra. Horas en la calle, dando música en ensayo constante, para recibir el clin clin de unas monedas y más “gracias” de los que a veces puede devolver; también para vivir la preciosa experiencia de tocar con músicos de todas partes y todos los estilos, que si el violinista ruso, o el flautista italiano, también un percusionista…  para al final encontrarse con que, en líneas generales, su verdadero peligro era él mismo en los días malos; o el policía de turno, si por alguna extraña razón, le daba por tratarlo de delincuente

 

Freddy


Y en este último punto también coincidía Freddy Suárez, de Moya, que a sus 35 años lleva ya 16 alternando la música en la calle con trabajos, él lo resume en 10 años dedicados plenamente a la música. Una década, con ocho horas de trabajo diario, da para mucho, así que inevitablemente, Freddy tenía mucho que contar.

Para él hay una línea clara que diferencia al músico del tipo que pide con un instrumento, del que chapurrea una canción y mendiga con la gorra algo de dinero; el que usa la música como excusa ante el que se trabaja un repertorio para ofrecer algo hermoso.
Porque al fin y al cabo, por mucho que vaya uno con su trabajo hecho, si el público está harto de los tres feriantes anteriores, ya no escucha a este último. Regla no escrita de la calle: no estorbes al compañero.

Y al igual que Charlie, también vive a la merced del policía que toque; para unos ojos humano, para otros delincuente. Lo mismo ocurre con el público, que aunque sean los menos, a veces es como una roca que no entiende que la guitarra no es sinónimo de fiesta de pueblo, o simplemente, no sabe o no quiere escuchar. Pero él se guarda consigo las cosas hermosas, también las gracias, también las amistades, y también los momentos que se crean, cuando los que le escuchan, reciben.

 

Luis

 

Y en lo variopinto, en lo extenso, en lo maravilloso de las historias de la calle, hay gente sencilla como Luis, de La Isleta, que lleva desde 1997 alternando el paro con trabajos y con tocar la flauta por la zona de La Catedral, y desde entonces, se mantiene como puede a sí mismo y a su perro Caramelo con lo que cae sobre su gorra.

 

Dimitri

 

Pero también los hay que, como Dimitri, vienen desde otro punto del mundo, en concreto Rumanía, simplemente buscando un lugar bonito y agradable para vivir. Él, con su címbalo húngaro y sus cincuenta y cuatro años, vive desde hace ocho años en Gran Canaria. Y aunque sepa cuatro cosas del castellano, habla de la isla como de su paraíso, en primer lugar por el calor, y en segundo, por el supermercado: “¡Cinco panes a un euro!” (En efecto, se me pusieron los pelos de punta).

 

Leonardo

 

Y como Dimitri, también desde Rumanía, está Leonardo, violinista que creció en una familia de músicos. Hoy por hoy y desde hace seis años, alterna residencia entre Las Palmas y Valencia (según la temporada) y con lo que gana, vive él y viven los suyos.

 

Alba

 

Por otro lado está la nueva generación que con la música se paga parte de los estudios, o se rellena parte de las necesidades del bolsillo tocando en la calle, o que simplemente sale a tocar porque es lo que le gusta. Alba y Nelson estudian en el Conservatorio, ambos tocan a veces juntos, a veces por separado. Ella siempre con el saxo, él con la flauta o la guitarra o el contrabajo. Para ambos, tocar en la calle es una ruptura de escrúpulos, una manera de naturalizar lo que es tocar, de coger la soltura, sólo tocar y disfrutar. Tienen su formación y la frescura de querer tocar todo el tiempo, y tienen la calle tanto como los escenario. Pero para ambos lo que se guardan consigo es la respuesta de los niños, los que te bailan un tema de jazz en plena calle, los que responden con sonrisas.

 

Nelson


Y en terrenos más delicados... ¿Quién se habría imaginado que el señor del jazz preciosista de Las Canteras es un refugiado de guerra? Se llama Eugen Didic y llegó hace un año y medio desde Moldavia, con su mujer. Estudiante de Conservatorio, trompetista de numerosas orquestas, acaba en una playa de una pequeña isla del mundo. Y con lo que gana mantiene su matrimonio y mantiene a su madre enferma en la otra punta del continente.

Con mucha humildad, se sorprende cuando le pregunto qué es lo más bonito de tocar en la calle, se aferra a la bandolera y en un torpe inglés intenta hacerme entender que tocar le mantiene activo, le mantiene como en su juventud estudiantil, escuchando música a diario y en constante práctica para hacer lo mejor posible en la calle.

 

Eugen Didic

Arte en las calles, al nivel del mar y en palabras de Freddy, por parte de un músico que es el recolector del siglo XXI, y es cierto: es el nómada de hoy. Con su rutina, quizá en su necesidad, convierten su arte en trabajo; buscan una ciudad que les ampare, se reparten las zonas, se reparten horarios, se hacen hueco en un mundo de supervivientes... Pero lo cierto es que al final, son de los pocos que viven el arte de una de las formas más honestas: del único escenario sin protocolos, y el único escenario que puede ser para cualquiera, para cualquiera que de, cualquiera que reciba.

 

Ellos son los artífices de que nuestras calles tengan música, en realidad lo que hacen es dar un regalo, y a cambio, unas monedas, o lo que más llena...: una sonrisa.

 

Tematica de Canal: 
Música

Música

Unidades de magnitud acústica, directamente de nuestros oídos a tu pantalla.

Secciones

Entradas Recientes

16:13 10/11/17
  | Visto 678 veces
10:55 17/10/17
  | Visto 3,576 veces
14:12 12/09/17
  | Visto 815 veces
16:40 10/08/17
  | Visto 3,228 veces
13:07 18/07/17
  | Visto 2,637 veces